
Había un individuo joven, llamado Ramón Trabaja, que era un jugador
empedernido. Pasaba noches enteras ante el tapete verde apostando
su dinero, perdiendo y ganando sin poder romper nunca el círculo
vicioso.
Una noche perdió todo lo que tenía consigo, pero aún así continuó
jugando. No teniendo nada que apostar, en un rapto de despecho y
locura dijo: «Apuesto a mi linda esposa contra el dinero de ustedes.»
Los demás jugadores, sujetos enviciados y amorales todos, aceptaron
la apuesta. Trabaja tenía una linda esposa, de apenas veintitrés años
de edad. El hombre jugó, y perdió de nuevo. Sus contrincantes tenían
derecho -ése era el trato- de usar la esposa del jugador para su
placer.
Sin embargo, ese hecho malvado no llegó a producirse. Cuando la
jove esposa se enteró del trato de su marido, todas sus ilusiones se
deshicieron y, entristecida, amargada y despechada, solicitó el
divorcio.
Sin duda los hombres estamos pensando: «Yo jamás haría eso con mi
esposa. Yo soy un hombre con dignidad.» Y tendríamos razón al
pensar que no todos los hombres serían capaces de apostar a la esposa en una
partida de naipes.
Pero aunque no estemos apostando a la esposa, sí estamos apostando
nuestra propia alma en el juego de la vida. Nos sentamos a jugar
ante la mesa de juego de la vida, y cuando todo sale mal, cuando lo hemos
perdido todo, recurrimos a la fuga, o al divorcio, o a la trampa, o
a la deshonestidad, o al homicidio o, en muchos casos, a la resolución
extrema del suicidio.
La vida no es una mesa de juego. Es una oportunidad que nos concede
Dios. El alma nuestra no nos pertenece. Es algo que Dios nos ha
prestado para que nos elevemos por encima de las bajas pasiones hacia las
alturas de la comunión con Cristo. Muchos, para conseguir un poco de
ventaj material, apuestan su alma al diablo mismo, y la pierden para
siempre en las tinieblas de la condenación.
No apostemos el alma. Entreguémosela más bien a Jesucristo.