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El poder de la oración PDF Imprimir E-mail
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MaloBueno 
Escrito por Celeste   
28.02.2006
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El poder de una oración

Era septiembre de 1960. Yo desperté una mañana con 6 bebes hambrientos y sólo .75 centavos en mi bolsa. Su papá se había ido.

Los niños tení­an de tres meses a 7 años. Su hermanita tenía dos años.

Su papa nunca habí­a sido mas que una presencia que ellos temían. Cuando ellos oí­an rechinar las llantas en la grava suelta del camino a casa, corrían a esconderse debajo de sus camas.

Lo que si hacia era dejarme 15.00 dólares por semana para comprar el mandado. Ahora que había decidido marcharse, ya no habrí­a golpizas pero, comida tampoco. Si había algún sistema de bienestar social por parte del gobierno en el sur de Indiana, yo nunca supe nada al respecto. Bañe a mis hijos, tallándolos hasta que parecían nuevos, les puse la mejor ropa hecha en casa que tení­an y los subía­ al viejo y oxidado chevy año 51 y me fui en busca de trabajo.

Los 7 fuimos a todas las fabricas, tiendas y restaurantes que habí­a en nuestro pequeño pueblo. No tuvimos suerte. Los niños se mantenían todos encimados el carro e intentaban Mantenerse callados mientras que yo intentaba convencer a quien fuera que me pusiera atención que yo estaba dispuesta a aprender o hacer lo que fuera. Yo tenia que tener un empleo.

Aun así­, no hubo suerte. El ultimo lugar al que fuimos, a unas cuantas millas del pueblo, fue un restauran (paradero) llamado La Gran Rueda. Una señora ya grande llamada Granny era la dueña y se asomo por la ventana y vio todos esos niños en el carro. Ella necesitaba a alguien que trabajara de noche, de las 11 de la noche a las 7 de la mañana.


Ella pagaba 0.65 centavos la hora y yo podrí­a empezar esa noche. Me fui apresuradamente a casa y llame a la niñera convenciéndola de ir a dormir a mi casa por 1.00 dólar la noche. Ella podría llegar a mi casa en pijamas y dormir en el sofá. Esto le pareció un buen trato y acepto. Esa noche cuando los pequeños y yo nos arrodillamos para orar Nuestras oraciones, todos le dimos gracias a Dios por haberle conseguido trabajo a mami, y así­ empezó mi trabajo en La Gran Rueda.

Cuando regrese a casa en la mañana, desperté a la niñera y la envié a su casa con su dólar que era la mitad de mis propinas de toda la noche. Al pasar de las semanas, las cuentas de la calefacción aumentaban, a pesar de los gastos que con tan poco ingreso tení­amos que soportar. Las llantas del viejo chevy, cada vez mas mostraban el trabajo del tiempo e iban tomando la apariencia de ser globos mal inflados. Yo debí­a llenar de aire las llantas antes de ir al trabajo y al regresar a casa.

Una triste mañana, al arrastrarme cansada hacia mi carro en el estacionamiento, encontré en mi carro cuatro llantas nuevas esperándome ahí­. Habrí­an venido los ángeles del cielo a vivir a Indiana?
Tuve que hacer un trato con el mecánico del pueblo para que le pusiera las llantas a mi viejo carro. Recuerdo que tarde mucho mas en limpiar sus sucias oficinas que lo que el tardo en ponerle las llantas al viejo chevy.

Estaba ya trabajando seis noches por semana en lugar de 5 y aun así no era suficiente. Se acercaba la Navidad y yo sabia que no habría dinero para comprar juguetes para los niños. Encontré un bote de pintura roja y empecé a pintar algunos viejos juguetes y los
escondí en el sótano para que hubiera juguetes en la mañana de Navidad. La ropa de los niños también estaba muy acabada. Los pantalones de los niños tení­an parches encima de los parches y ya pronto no servirían para nada.

La noche antes de navidad entraron los clientes de siempre al restaurante a tomar su café.
Ellos eran troqueros y traileros y policí­as de camino. Habí­an algunos músicos que habí­an tocado mas temprano, aun ahí jugando en las maquinitas. Los de siempre estaban ahí­ sentados platicando hasta la madrugada.

Cuando se llego la hora de ir a casa a las 7 de la mañana y corrí­ al Carro para tratar de llegar antes de que se despertaran los niños y ponerles los juguetes que habí­a arreglado abajo del un árbol que habí­amos improvisado. Aun estaba oscuro y no se veí­a mucho, pero note que habí­a una sombra en la parte de atrás del carro. Algo era seguro, habí­a algo ahí­. Cuando llegue al carro me asome por la ventana lateral. Mi boca se abrió con gran asombro. Mi viejo chevy estaba lleno de cajas hasta arriba. Rápidamente abrí­ la puerta y abrí­ una de las cajas. Adentro habí­a pantalones de la talla 2 a la talla 10. En la otra habí­a camisas para los pantalones. También habí­a dulces, frutas y mucho mandado en
bolsas. Habí­a gelatinas, pudines, pasteles y galletas. También había artí­culos para el aseo y limpieza de mi casa. Habí­a 5 camionetitas y una hermosa muñeca.

Mientras manejaba por las calles vací­as hacia mi casa, ví­ salir el sol del dí­a de navidad mas inolvidable e increí­ble de mi vida. Lloraba de incredulidad y gratitud. Nunca olvidare la alegrí­a en las caritas de mis pequeños en esa mañana. Si, hubo ángeles en aquella mañana en Indiana hace muchos diciembres. Y todos ellos eran clientes de La Gran Rueda.

EL PODER DE LA ORACION.

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Última modificación ( 31.05.2006 )
 
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