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Escrito por Celeste
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09.03.2006 |
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EL_SEMAFORO.pps (389.50 KB)
Aquel dÃa, me desperté con mucha flojera y renegando. Con trabajo pude deshacerme de las cobijas. Me dirigà al baño arrastrando los pies mientras maldecÃa el tener que levantarme de la cama sin poder quedarme en ella todo el dÃa. Desayuné con los ojos tan cerrados como mi mente. Tal pereza me dominaba, que por no meter el pan en el tostador, preferà comerlo frÃo y beber la leche directamente de la botella. ¿Por qué tener que trabajar? ¡Esa sà era una verdadera maldición!
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