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Por Juan Antonio González Lobato
I
Era un reino feliz.
Allí había muchas fuentes.
El color de su paisaje, verde intenso, que se multiplicaba en diversos
tonos. Bosques tupidos crecían con espléndido vigor. Siempre había
tenido abundantes cosechas. Era una tierra que reía sin cesar: por el
murmullo de las fuentes, por el viento entre las frondas, por el rumor
de los arroyos, por el canto de los pájaros, por las risas de los niños
...
Los hombres se amaban y procuraban, al vivir, que todos estuvieran
contentos. Ellos también reían. No había enfermedades, ni envidias, ni
odios. La calumnia no era conocida. Y todos se ayudaban en generosa y
alegre cooperación.
A pesar de todo, un hombre llamaba especialmente la atención entre
todos los del pueblo. Era de edad avanzada. Tenía el encargo de cuidar
los manantiales y las fuentes del reino. Un personaje singular con una
vida que no podía ser más sencilla: salía muy de mañana, se pasaba todo
el día en el campo ocupado en su trabajo y regresaba cuando se ponía el
sol. Se decía de él que vivía con su alma enraizada en las fuentes que
cuidaba.
Nadie intentó explicarlo, pero todos sabían que era el hombre más amado
de aquel mundo feliz. Sentían hacia él, además, un profundo respeto y
todos, también, procuraban ver, aunque fuese a hurtadillas, su rostro
cuando volvía de su trabajo diario, pues sembraba paz y dulzura.
Era la personalidad más acusada entre ellos, aunque su vida se gastaba
en amar, trabajar y sonreir. Sin saber por qué, el aguador del reino
suponía, para todos, algo muy importante en sus vidas. Hubieran dicho
que no sabrían explicarse la felicidad de su país sin la presencia del
aguador; que a todos les infundía fe, seguridad y alegría; que era el
más rico tesoro que poseían.
II
Una tarde cuando regresaba del campo, las mujeres, sentadas a sus
puertas en grupos de costura, notaron una sombra de tristeza en el
rostro del aguador. Pronto se corrió la voz por el pueblo. Pronto
procuró cada uno cerciorarse de la noticia y miró con disimulo y
respeto el rostro tan conocido y tan amado. Pronto fue el tema común de
la conversación: los hombres en la plaza, los grupos de costura que
formaban las mujeres, los niños en los recreos de la escuela, las
muchachas en los huertos donde lavaban. Todos se preguntaban:
-¿Qué le pasará al aguador, que ya no ríe como antes reía?
Pero el respeto les impidió preguntárselo a él. No obstante, siguió
siendo la preocupación principal del pueblo. La tristeza continuaba y
la gente observaba el semblante del aguador cuando iba o venía del
campo.
Un grupo de mozos, desde lejos, siguió al aguador una mañana. Este
caminaba, como siempre, de fuente en fuente, de manantial en manantial.
Cuando llegaron a los primeros, observaron que algunos estaban secos, y
otros disminuían su caudal. Volvieron temprano con la noticia al pueblo
y todos coincidieron en no darle importancia.
-¡Qué tontería! -se decían- ¡Mira que perder la alegría porque los manantiales no tienen agua!
Les parecía desproporcionado ponerse triste por el hecho de que las
fuentes se secaran. Y, averiguada la causa, siguieron felices y
descuidados en su vida fácil.
Pasaron los meses y no cambió el triste semblante del aguador. Cada vez
tenían que ir las mujeres más lejos por agua. La sequía continuaba y...
aquel año no hubo cosechas.Sin embargo, el rostro del aguador acaparaba
la principal preocupación de las gentes del reino. ¡Estaban tan
acostumbrados a su alegría!
Y es que las fuentes se seguían secando.
Con el tiempo, todo se puso peor: los ríos comenzaron a enseñar sus
lechos secos, apareció el hambre, se incendiaron los bosques, vinieron
las enfermedades, cada vez eran más las familias que salían enlutadas a
la calle... Parecía que un viento maligno había comenzado a soplar
sobre aquella tierra o que una maldición pesaba sobre ella.
Se intensificó la desolación y el paisaje cambió de color.
Ya no se veían gentes por las calles y los campos. Ni niños que
jugaban. Los pájaros habían huido y sólo los buitres hacían, en el
cielo, círculos altos en tristes presagios por la carroña que buscaban.
Poco a poco, las gentes también fueron perdiendo la alegría y apareció
el ambiente propicio para la descomposición moral de un pueblo. Se
cerraron las escuelas. Huyó el que pudo. Los que quedaron fueron
hombres infelices, torturados por mil calamidades distintas que
azotaban sus cuerpos y sus almas...
-¡Qué razón tenía el aguador cuando nosotros no comprendimos su
tristeza! El fue -decían- el primero en ver, porque es quien más ama.
III
Alguien ha dispuesto que las fuentes comiencen a dar agua.
Recientemente.
Ahí, donde está cada una.
Sin cambiar de lugar.
Que los manantiales comiencen a tener vida.
Y, de pronto, se ha iniciado un cambio en el torturado reino. Las aguas
salen cada día más abundantes. Cada fuentecilla, como animada de una
ilusión común, se esfuerza en aumentar su caudal que, generosa, entrega.
La zona verde que cada una de las fuentes llena de vida, es, cada vez
que se la mira, más extensa. El campo está tomando el color verde de
antes. Y ha vuelto la alegría al rostro del aguador, que también ha
sido el primero en ver lo que se acercaba. Poco a poco, una alegría
nueva hace su presencia en las gentes del pueblo. Y con las aguas de
las fuentes, han comenzado a correr los ríos. Y se han iniciado las
cosechas. Y las risas de los niños. Y los cantos de los pájaros...
Pasará el tiempo y las fuentes no cesarán en su empeño.
Es importante que las fuentes sean fuentes con vida, que los
manantiales se conviertan en manantiales con agua. Y volverá a reír la
tierra por el murmullo de las fuentes, por el rumor de los arroyos, por
el viento entre las frondas, por los cantos de los pájaros, por las
risas de los niños...
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