|
En cierta ocasión preguntaron a una madre cuál era su hijo preferido, aquel a quien ella más profundamente amaba. Y ella, dejando entrever una sonrisa, respondió:
«Mi hijo predilecto, aquel al que me dedico en cuerpo y alma...
...es mi hijo enfermo, hasta que sane;
el que partió, hasta que vuelva;
el que está cansado, hasta que descanse;
el hambriento, hasta que pueda alimentarse;
el sediento, hasta que beba;
el que está estudiando, hasta que alcance su meta;
el desnudo, hasta que se vista;
el que no encuentra trabajo, hasta que se emplee;
el enamorado, hasta que se case;
el casado, hasta que tenga hijos;
el que es padre, hasta que pueda hablar como ahora yo hablo;
el que prometió, hasta que cumpla;
el que debe, hasta que pague;
el que llora, hasta que sonría...
y el que me abandonó... hasta que regrese.»
Los padres quieren a sus hijos en plenitud, aunque de manera distinta en cada época y momento... según sus verdaderas necesidades. Amar a todos distinto, pero a todos por igual. ¡Ése es el gran milagro que Dios trae cada día a nuestras vidas!
|